No es fácil amar a los hijos

El título de este artículo se corresponde con el de un libro de George Snyders. Sorprende, pero ayuda a pensar: No es fácil amar a los hijos. Parece que nada hay más sencillo que amar a quien se ha engendrado. Muchos caen en la trampa de pensar que el instinto dictará las reglas de actuación más saludables, que nadie mejor que los padres podrá saber qué es lo que les conviene a los hijos e hijas y que nadie mejor que ellos podrá dárselo. Tremendo error. Existen muchas trampas en el amor paterno y materno.

Hay formas de relacionarse con los hijos y las hijas que son muy nocivas. La sobreprotección es una de ellas. Porque no les deja a los hijos ser ellos mismos, porque les impide crecer. Es muy peligrosa porque se ejerce en nombre del amor. No la detectan con facilidad quienes sobreprotegen. Y tampoco quienes son aplastados por el peso excesivo de un amor mal entendido. Es fácil descubrir la perversión del maltrato, de los golpes, del desprecio, del abuso o del desinterés. No es tan fácil detectar el daño que causa la sobreprotección. “Los padres forman a sus hijos como los océanos forman a los continentes: retirándose”. No del todo, claro. No de repente.

Digo esto porque me preocupa la actitud que muestran algunos padres y madres (creo que no muchos, afortunadamente) ante el comportamiento que sus hijos e hijas tienen en la escuela. He visto recientemente a unos padres defender la actitud insolente y la conducta agresiva de su hijo, aunque los profesores les manifestaban su desaprobación y su rechazo por su conducta. Había amenazado a una profesora.

Conozco a quien ha llegado a negar el comportamiento del hijo, retirando el crédito al educador que criticaba unos hechos que serían fácilmente creíbles para cualquier interlocutor imparcial. ¿Qué interés puede tener un profesor en inventarse unos hechos que no han sucedido? Sin embargo, es fácil suponer el interés del alumno en negarlos. ¿Por qué no lo ven los padres? Les ciega el amor. Les engaña su actitud sobreprotectora

Sé de quien ha dicho a su hijo que se niegue a aceptar un castigo impuesto por la comisión de convivencia. Increíble actitud. ¿Tiene ese hijo alguna solución ante la postura permisiva de los padres? ¿Quién le hace daño de verdad? ¿Quien le corrige o quien le insta al incumplimiento de la norma y al desprecio de la corrección?, ¿quien le amonesta justamente o quien le ofrece un pésimo ejemplo de respeto y convivencia?

Sé que los docentes cometemos errores. Sé que tenemos fallos. Sé que muchas veces descargamos nuestra responsabilidad en otros agentes o elementos que intervienen en el proceso de aprendizaje: los alumnos son vagos o torpes, los padres y madres no les ayudan, la administración es poco sensible, no existen medios adecuados… Es saludable ejercer la crítica (me refiero a los padres y madres) y es indispensable saber asumirla (me refiero a los docentes). Pero no es razonable pensar que todo el fracaso radica en las deficiencias de quien tiene el deber de enseñar y la obligación de encauzar los comportamientos faltos de respeto. De la antigua actitud de algunos padres que veían bien los azotes de los profesores (y que incluso los demandaban) a la posición actual de algunos de que a su hijo nadie le reprende, existe un abismo. Un abismo en el que algunos han caído

– Nadie conoce a mi hijo mejor que yo, nadie le quiere más, dice la madre con énfasis. Se equivoca. Porque olvida que su hijo puede comportarse de forma muy distinta en unos lugares y en otros. Se equivoca más profundamente si da por buenos los comportamientos displicentes y avasalladores de su hijo. Más aún si los defiende a ultranza y si descalifica sin respeto a quien le corrige Acudir a la escuela gritando, exigiendo, amenazando, descalificando a quienes tienen el derecho y el deber de enseñar y de corregir es poner los cimientos al desastre. Cuando los padres se convierten en el principal justificante de la pereza y de la desvergüenza, hay muy poco que hacer. Los padres y las madres se ahorrarían muchas lágrimas si se convirtiesen en los principales aliados de los profesores.

La sobreprotección proviene algunas veces de la conciencia del desamor. Puesto que no le queremos de verdad le daremos muchas muestras aparentes de amor. Algunos padres aplastan a sus hijos en las fiestas navideñas con regalos, precisamente para ocultar un profundo sentido de la culpabilidad y del abandono. Corren especial peligro de sobreprotección los hijos únicos o quienes por alguna desgracia han perdido a un hermano. La tentación de los padres es volcar en esos hijos el amor que no han podido entregar a otros. Pensar por ellos, decidir por ellos, evitarles cualquier riesgo, es impedirles crecer.

La relación de la familia con la escuela es imprescindible. Una relación asentada en el respeto, en la colaboración, en el conocimiento y en la lealtad. Se ha de realizar durante todo el curso, no sólo al final. Ha de tener como preocupación el comportamiento y no sólo los resultados académicos. Ha de materializarse a través de la intervención de padres y madres (no sólo de las madres, como suele suceder). Y ha de referirse a toda la escuela, no sólo al comportamiento del hijo. Porque la escuela es de todos. Susana Pérez de Pablos ha escrito un estupendo libro titulado El papel de los padres en el éxito escolar de los hijos. En el capítulo La relación con el colegio expresa lo siguiente: “Hay docentes que dicen grandes verdades, que saben guiar y estimular intelectualmente a los alumnos. Y eso es difícil de asumir para algunos padres, que reaccionan mal cuando esto ocurre”.

El diálogo de la escuela con la familia es un camino de mejora. Un diálogo sincero, claro y exigente. Los niños pierden irremisiblemente los partidos de “tenis pedagógico” (pelota para la familia, pelota para la escuela). Hablarse, estimularse, ayudarse, informarse, instarse a la mejora. Éste es el camino. En una reunión de padres de familia de cierta escuela, la directora resaltaba el apoyo que los padres deben darle a los hijos. También pedía que se hicieran presentes el máximo de tiempo posible. Ella entendía que, aunque la mayoría de los padres y madres de aquella comunidad fueran trabajadores, deberían encontrar un poco de tiempo para dedicar y entender a los niños.

La directora se sorprendió cuando uno de los padres se levantó y explicó, en forma humilde, que él no tenía tiempo de hablar con su hijo durante la semana. Cuando salía para trabajar era muy temprano y su hijo todavía estaba durmiendo. Cuando regresaba del trabajo era muy tarde y el niño ya no estaba despierto. Explicó, además, que tenía que trabajar de esa forma para proveer el sustento de la familia. Dijo también que el no tener tiempo para su hijo lo angustiaba mucho e intentaba redimirse yendo a besarlo todas las noches cuando llegaba a su casa y, para que su hijo supiera de su presencia, él hacía un nudo en la punta de la sábana que lo cubría. Eso sucedía religiosamente todas las noches cuando iba a besarlo. Cuando el hijo despertaba y veía el nudo, sabía, a través de él, que su papá había estado allí y lo había besado. El nudo era el medio de comunicación entre ellos.

La directora se emocionó con aquella singular historia. El hijo de ese padre era uno de los mejores alumnos de la escuela. No era de extrañar. Respaldaba la acción educativa de la escuela, exigía el esfuerzo del hijo y le mostraba de forma sugerente el afecto. El hecho nos hace reflexionar sobre las muchas formas en que las personas pueden hacerse presentes y comunicarse entre sí. Aquel padre encontró su forma, que era simple pero eficiente. Y lo más importante es que su hijo percibía, a través del nudo afectivo, lo que su papá le estaba diciendo.

Un gesto de amor es también un reproche, una reprimenda o un castigo, porque los niños necesitan consistencia normativa, necesitan aprender respeto y ejercitarse en el esfuerzo. Las personas tal vez no entiendan el significado de muchas palabras, pero saben registrar un gesto de amor. Aunque ese gesto sea solamente un nudo en la sábana o una negativa a comprar un juguete cuando las calificaciones han sido catastróficas y el comportamiento con los profesores y compañeros agresivo e insolente.

Fuente:  M. A. Santos G. – La Opinión de Málaga, 8 de octubre 2011.

27 mayo, 2017

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